
Joaquín Sabina nadaba entre peces de ciudad cantando “en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.” Tiene sentido recelar de las formas de felicidad que se escurren entre los dedos, porque uno prefiere instalarse en los estados de felicidad que prometen ser duraderos. O, por lo menos, en aquellos que nos presenten cierta garantía de eternidad. Milan Kundera hablaba, en este sentido, del paraíso que, como máximo exponente de la prosperidad, se articulaba en una especie de círculo abocado a su eterna repetición:
“La vida en el Paraíso no semejaba una carrera en línea recta que nos conduce a lo desconocido, no era una aventura. Se movía en círculo entre cosas conocidas. Su uniformidad no era un aburrimiento, sino un motivo de felicidad.”
Aunque este boceto sólo es válido como alegoría. Lo común en nuestra vida cotidiana es que los estados de felicidad absoluta sean tan efímeros como la vida misma, aun cuando su correlación pueda aproximarnos, en ocasiones, a una agradable sensación paradisíaca. Los hedonistas creían en la virtud de la ataraxia, la paz del alma, cuya conquista se basaba en un cálculo racional de los placeres y los dolores. Se trata de que, a lo largo plazo, los primeros prevalezcam sobre los últimos, para moldear una forma de vida en que los estados de felicidad crezcan y se sostengan en el tiempo. Se trata de estrecharle los márgenes al dolor, a sus posibles asomos en el futuro. Quizás nuestro exiguo poder sobre el azar lo convierta en una apuesta poco segura, pero sí infinitamente deseable.
Regreso de mi tierra y pienso, admirada, que conozco a tanta gente buena… Gente que, a pesar de todo, vive a merced de adversidades no previstas y que, en momentos inimaginados, se ha visto librando bajo su piel las más duras batallas. Y me emociona poder decir, a partir de su experiencia, que la capacidad de superación del ser humano es casi ilimitada, es enorme. Creo que puede más el afán por derribar muros que la opresión ante cualquier tipo de aprisionamiento, si las circunstancias externas se ponen un poco de tu parte.
Por eso, quizás el trauma esté sobrevalorado a nivel social, porque en una sociedad como la nuestra, que trafica y promociona formas de felicidad efímeras, se le confiere un peso feroz a las caídas del pasado. Es importante reivindicar y tener presente el pasado, pero no tenemos por qué atribuirle un poder mayor a las etapas oscuras que a las épocas de deleite. ¿Es una sobredosis de ingenuidad y optimismo creer que tienen más fuerza las ilusiones y el deseo de salir adelante que el amordazamiento de cualquier tragedia pasada?
Conozco a demasiada gente buena que ha regresado a Comala después de la tormenta o que, mejor todavía, ha logrado erigir su propio paraíso a medida, con su propio empuje reconstruido después de un naufragio, existencial, amoroso; el que sea. Un nuevo levantamiento en que la libertad que se respira está descontaminada porque la energía renovable del tiempo y del esfuerzo limpian por dentro. Estas personas han sido, siempre, parte del hilo que me zurce las heridas más profundas, y potencialmente traumáticas si no contase con el poder sanador de su cariño. Imagino que son mi Comala particular, al que siempre querré tratar de volver.
Este ha sido un fin de semana de reencuentros. A ellos van mis palabras.
“El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir, piensa Teresa.”