- Hay una respuesta que no es más que desesperación para quien te escucha. Cuando te pregunten “¿para qué sirve la filosofía?”, ten el gusto de responder “para nada, no sirve absolutamente para nada”.
Siempre que me preguntan esto recuerdo a Lyotard, que quiso dejarnos una hermosísima frase “La tarea del pensar es el pensar”.
Extracto de Teresa Oñate y Zubía
- “Escribir es consecuencia del miedo y de la memoria, la memoria es el principal material, e incluso la memoria de lo no vivido, de aquello que hemos fantaseado y soñado; y la patria de todas esas emociones termina siendo la infancia, ese territorio en el que habitan (diría Vicent) las serpientes que dieron origen a alguna parte aún presente de nuestro complicado cerebro. Luego vienen la experiencia, la esperanza y las frustraciones, pero es el cerebro de la infancia el que va empujando la escritura y por tanto la ansiedad del sueño. Vicent explicó que es tan importante la frustración como motor, como energía, de la escritura, que si no existiera ese lugar de fracaso en la experiencia de los escritores no hubiera habido algunas obras maestras. Y citó una, la Divina Comedia de Dante, debida al enamoramiento sin futuro que el poeta sintió por su amada Beatrice. Si ese amor no hubiera sido el fracaso que fue, el fenómeno de contemplación sin esperanza en que se convirtió, probablemente nos hubiéramos perdido la obra de Dante. Porque, dijo Vicent, ¿se imaginan ustedes que se hubieran casado? ¿Quién escribe versos si al llegar a casa le dice a su amada: “Bea, ¿qué hay para cenar?”
Extracto del maravilloso blog de Juan Cruz, 3 de Febrero 2010
Esta mañana, las nueve cabezas hídricas que componen mi mente se han armonizado bajo una certidumbre: pensar y escribir. Quizás no en lo profesional, pero mi sitio va a estar siempre en el puente abstracto que me gusta tender entre ambas, y que ando y desando mientras vivo.
He pensado que hay que reivindicar siempre las pasiones, no dejar que ni el tiempo ni otras inclemencias puedan frenar esa pulsión.
“Sin el otro no somos nada”. Sigmund Freud.





