Oiga doctor

Sucede – Extremoduro. Sucede que me canso de ser.

Esta mañana, el centro de salud de Belén era su propio cuerpo. Había decidido autoescanearse una radiografía espiritual, a base de rayos ultracríticos. La experiencia iba a ser dura, puesto que la precisión y fiabilidad de los resultados requería prescindir de todo tipo de anestesia.

Su diagnóstico final fue el siguiente: había detectado un agente maligno que, clavado en su organismo, impedía el flujo normal de expresiones de crítica, transgresión o desacuerdo en público. Los expertos lo denominarían “pánico escénico” o “miedo a decir que no”. Durante muchos años su cuerpo los había asimilado como si se tratase de una fobia congénita, con cuyas desventajas había aprendido a convivir desde pequeña.

Hasta que, de pronto, Belén se levantó sintiendo una hemorragia emocional, era como si todas esas palabras ahogadas formasen un montón de angustia coagulada en su ánimo.

De repente, el eco de su voz le pedía una amnistía a ese rechazo que dibujaban sus ojos cada vez que se escuchaba, en los altavoces de la grabadora o en la reverberación de las aulas. Sus respuestas anuladas empezaron a querer desapelmazarse de su garganta, incluso aunque no llegasen a sacudir ninguna conciencia.

Así que, radiografía en mano, el léxico de Belén se dispuso en fila para empujar al frente a ese monosílabo que sirve para girar el curso de las cosas. Esa necesidad incipiente de decir que no, que no y que no. Que así, no.

Por un momento, sopesó la posibilidad de que los periódicos, el panorama sociopolítico de su país de residencia, la agresividad de algunos allegados y la arrogancia de algunas autoridades, hubiesen alimentado lo que podría no ser sino una fiebre pasajera. Pero recordó que el mercurio se mantenía entre sus parámetros normales, que era el hastío el que había explotado en el termómetro de su pasividad.

Y, poco a poco, terminó de desangrarse una vida acostumbrada a callarse y asentir con abnegación. Se precipitó sobre ese vacío que queda en la piel y en el alma cuando remueves una espina vieja, muy vieja, casi asimilada como una prolongación de una misma y, sintió una mezcla intensa de extrañeza y agorafobia.

Pero con el no en el bolsillo, la radiografía en la conciencia y las ganas de mundo, sabía que la extrañeza y la agorafobia chocarían contra cualquier no que ella esgrimiese desde entonces.

Nora

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